22 ene. 2014

Marató Costa Daurada Tarragona 2017. Soy maratoniano!!!

  23 horas después de cruzar el arco de salida, con las piernas agarrotadas y agujetas por todas partes, no consigo (ni tengo especial intención en hacerlo) borrar la sonrisa de orgullo que se instaló ayer en mi rostro.

  No sé si habrá otras, si conseguiré mejorar mi marca o acabar más entero, pero lo que sí sé es que esto ya no me lo quita nadie: soy maratoniano!

  Hace más de un año que empecé a plantearme la posibilidad de correr una maratón y pensar cual sería la prueba perfecta para hacerlo y finalmente acabé optando por la Marató Costa Daurada de Tarragona por varios motivos: Por un lado, al disputarse 2 meses después de la Behobia, me permitía aprovechar el estado de forma conseguido para la misma y ,añadiendo tiradas largas, seguir entrenando para el maratón. Por otro, mi novia es de Valls, a tan sólo 20 kilómetros de Tarragona, por lo que no tendría que preocuparme por la logística ya que podría dormir allí la noche antes de la carrera. Y, por último, el factor económico: A parte de ahorrarme el desplazamiento y alojamiento necesario si corriera lejos de Barcelona, como ocurre siempre en las pruebas organizadas por Running Solutions, la promoción de apertura de inscripciones me permitía inscribirme por tan solo 27 euros!


Ya con la medalla al cuello, dejando constancia de los kilómetros recorridos

  El único factor que no me acababa de convencer era el circuito, que cuenta con bastantes desniveles, pero siempre fardo de que me gustan las carreras con cuestas, así que no había excusas.

  Me planté a una semana de la carreras con muchas dudas, ilusiones, nervios, incógnitas... No había entrenado todo lo que debía ya que entre el descanso que me tomé tras la Behobia y las navidades hice menos de lo que debería, sobre todo en lo que a tiradas largas se refiere; 2 de 20 kilómetros, una de 25 y otra de 28 eran el bagaje con el que llegaba. En las mismas, las sensaciones no eran malas, pero seguían faltando 14 kilómetros para llegar a la distancia de Filípides y en ese tramo, escondido y al acecho, tenía que encontrarse el famoso muro.

  El martes hice mi último entrenamiento: 8 kilómetros subiendo al Estadi de Montjuic con 6 sprints en cuesta que me dejaron un buen feeling. La suerte estaba echada!

  Llegó el fin de semana y era el momento de preocuparse por lo único que no podía controlar: el tiempo. Aunque las previsiones decían que no llovería durante la carrera, podía hacerlo tan solo una hora antes y, además, se hablaba de rachas de viento de 40 kilómetros...

Mi primer dorsal de maratón
  El sábado por la tarde fue el momento de hacer los deberes: recogida de dorsal, comprar las barritas energéticas que me faltaban y dejarlo todo preparado para el día siguiente.

  El domingo en Valls amaneció nublado, pero sin aspecto amenazador y la previsión de viento había bajado a 11km/h. La cosa tenía buena pinta! La antigua Tarraco Nova nos recibió con nubes y claros en un cielo espectacular sobre el Mediterraneo y una temperatura perfecta para correr, sin rastro del temido viento.

  Justo antes de dirigirme a la línea de salida pude hablar con Jaume Leiva quien me comentó que, aunque la recuperación de su cadera es buena, han aparecido problemas en un nervio que le impiden calzarse las zapatillas para quemar kilómetros. Desde aquí quiero enviarle muchos ánimos para un auténtico crack que, al no poder disputar la prueba, la siguió en bicicleta grabando con una GoPro.

  Y ahora sí, llegaba el momento de la verdad; el de emular a Filípides enfrentándonos a 42.195 metros de asfalto.


Sólo quedan 42 kilómetros!
  Mi objetivo para la carrera, siendo la primera maratón que disputaba, era terminar. Una vez conseguido esto, intentar que fuera en menos de 4 horas. Y poniéndonos optimistas, hacerlo por debajo de 3:45. Así que la estrategia estaba clara: engancharme a las liebres de 3:45 y seguir hasta que el cuerpo aguantara a sabiendas que en la tirada más larga de mis entrenos, había recorrido 28 kilómetros a este ritmo, por lo que confiaba en poder llegar, al menos, hasta el 28-30.

  Sonó la señal que daba la salida y nos pusimos en marcha los cerca de 1200 participantes que nos repartíamos entre la maratón y la prueba de 10 kilómetros, recorriendo los primeros metros por el Port de Tarragona para dirigirnos al espigón en el que haríamos un camino de ida y de vuelta. Era el momento de ir cogiendo posiciones y yo me mantenía pegado a las liebres, tras la que había tomado la salida. El espigón es bastante estrecho y, aunque al principio no supuso problema, cuando los primeros clasificados (encabezados por José Luis Blanco destacadísimo en cabeza de la prueba corta) venían ya de vuelta y nos veíamos obligados a respetar su carril, costaba más de lo deseado avanzar. Por mi parte, con la confianza puesta en los "pacers", me dedicaba a adelantar cuando ellos lo hacían, sin demasiadas preocupaciones. 

  Tras un giro de 180º encaramos la vuelta por el mismo espigón, donde, en el kilómetro 6,5, se hallaba el primer punto de avituallamiento. Un pequeño trago de agua y a seguir adelante. Poco después pude saludar por primera vez a mi "club de fans" que me esperaba, justo antes de encarar la Platja del Miracle, para darme ánimos e inmortalizar el momento. 
Bien resguardado en el centro del grupo en el kilómetro 7

  El ritmo y las sensaciones eran buenos y, a sabiendas de que dentro de poco comenzarían los desniveles, decidí hacer una parada técnica para "vaciar", recorriendo el resto del paseo de la playa a un ritmo algo más alto con la mirada puesta en las liebres a las que fui recortando distancia poco a poco, intentando no forzar demasiado. Al final de la playa, los participantes de la prueba corta volvían sobre sus pasos para dirigirse a la meta, mientras los demás nos enfrentábamos al primer repecho: la subida al Fortín de la Reina. Fue al final de esta rampa que subía en "S" donde alcancé de nuevo a las liebres y al grupo que las seguía, formado por unos 30 o 40 corredores. El ambiente entre los que fijábamos la vista en los 225 minutos era muy bueno y se sucedían las bromas y las risas, haciendo más amenos los kilómetros.
 Bajamos hacia la Platja de l'Arrabasada (km 10) donde el segundo avituallamiento nos ofrecía agua y Powerade y después de pasar junto a la playa nos alejamos ligeramente del mar, por primera vez en la carrera, rumbo a la nacional 340. Otra rampa, de menos intensidad que la anterior, con el estadi del Nastic a la izquierda y directos hacia el punto más alejado de la carrera, donde alguno tuvo tentación de abandonar alegando que su casa estaba "sólo unos metros más allá". Otro giro de 180º y vuelta otra vez sobre nuestros pasos, en dirección a la salida. 

  Las sensaciones seguían siendo buenas aunque, tal y como temía, se me empezaron a "acartonar" las rodillas, algo que me suele ocurrir cuando corro más lento de lo que estoy acostumbrado. Normalmente no suele ser más que una molestia, pero me preocupaba como evolucionaría al avanzar los kilómetros por lo que aproveché las bajadas para correr subiendo las rodillas o alzando los talones para darles más movilidad.

  Nos acercábamos poco a poco al arco de salida y meta, que cruzaríamos sobre el kilómetro 19, antes de encaminarnos al centro de la ciudad y, a medida que nos aproximábamos al puerto, se veía más gente. Algunos esperaban el paso de los corredores y otros simplemente paseaban por allí y se encontraron con la carrera. Tengo que decir que, si alguna pega tiene la Marató de Tarragona, es que hay poco público a lo largo de todo el recorrido, aunque, por suerte, el que hay no escatima esfuerzos en animar a todos los corredores.

  Empezamos a escuchar la megafonía y el speaker hizo referencia al numeroso grupo de corredores que se agolpaba junto a los portadores de los globos que marcaban 3:45 (mejor dicho, el globo, ya que el otro globo había explotado a los 500 metros de la salida) y cruzamos el arco por segunda vez. En la próxima ocasión que lo hicieramos sería para colgarnos la medalla de finishers.


En el Balcó del Mediterrani, el punto más alto de la carrera
  Pasado el puerto y tras otro avituallamiento, empezamos a callejear por el centro de la ciudad y tras algunas vueltas, en las que superamos la Media Maratón, enfilamos la cuesta más larga de la carrera por la Rambla, rumbo al Balcó del Mediterrani, donde nos esperaba otro avitualamiento y, en mi caso, mi público fiel. Subí sin demasiados problemas y al llegar arriba me separé unos segundos del grupo para darle un beso a mi novia y cogerles una barrita que me guardaban. También me hice con medio plátano y una botella de agua para hacerlos bajar e hidratarme y mientras lo tomaba, ya en bajada, fui recuperando los pocos metros que había perdido con el grupo.

  A estas alturas, con 25 kilómetros en las piernas, las molestias en las rodillas habían desaparecido pero empezaban a aparecer otras; los pies, los hombros, los muslos... me empezaron a avisar de que sería casi imposible seguir en el grupo hasta la meta, por lo que me puse como objetivo aguantar hasta las pistas de atletismo de Campclar, situadas en el kilómetro 31.

  Aguanté en el grupo los kilómetros siguientes, pero, a medida que nos alejábamos de la ciudad, la tarea se iba haciendo más difícil. El asfalto empezaba a enfilarse hacia arriba muy levemente hasta que encaramos la subida (mucho más suave que todas las que ya habíamos pasado) que nos llevaría al tartán. No fui el único que tuvo problemas en este tramo y el grupo se estiró mucho más de lo que lo había estado hasta ese momento. Empecé a perder la rueda del pelotón aunque seguía estando cerca, pero, en el avituallamiento situado en la entrada a las pistas de atletismo tuve que parar un segundo para poder coger un platano y agua y noté cómo me costaba reemprender la marcha y acercarme a los que habían sido mis compañeros de carrera hasta ese momento. 

  A partir de aquí empezaba mi lucha. Sin reloj para calcular los ritmos, debía intentar mantener el globo amarillo a la vista para usarlo como motivación. Estaba bastante convencido de que estaba atravesando el famoso muro por primera vez en mi vida, pero me equivocaba. En la bajada de vuelta, recuperé algún metro, pero en cuanto volvimos a zonas llanas seguí perdiendo metros poco a poco. 


Dos kilómetros y medio hasta la meta!
  Alcancé el kilómetro 34 y ahora sí, me encontré con el muro, aunque más bien fue un fortín amurallado, con foso y cañones disparándome que redujeron mi ritmo y me hicieron perder definitivamente a las liebres.  Era el momento de recurrir a mi mantra personal: "Aguanta cabrón!!!" Nos encontrábamos en una zona de polígono, desierto, en el que había que recorrer una larga recta de ida y de vuelta sin prácticamente nadie a los lados de la carretera para dar algún ánimo, por lo que me dediqué a animar tanto a los corredores que me adelantaban como a los que dejaba atrás con el fin de mantener la mente ocupada y recibir su apoyo de vuelta. Para colmo de males, me empezaron a entrar ganas de mear, pero sabía que si paraba me sería casi imposible volver a ponerme en marcha, por lo que debía intentar aguantar hasta la meta. 

  En este tramo, más árido que la "travesía del desierto" de la Behobia, se encontraba el penúltimo punto de avituallamiento al que llegué tras cruzarme con los que habían sido mis compañeros de aventura, comprobando como el número de corredores había descendido mucho, dejando una estela de runners que no eran capaces de seguir el ritmo marcado. Me avituallé a lo grande intentando aportarle a mi cuerpo toda la energía posible para recorrer los kilómetros restantes: medio plátano, un cuarto de naranja, un gel, powerade, agua... y, si no me comí un plato de alubias, fue porque no había!

  En el camino de vuelta por la recta fui mirando al otro lado de la carretera confiando en no ver a las liebres que marcaban el ritmo para terminar en cuatro horas, ya que eso sería señal de haber perdido demasiado tiempo. Por suerte, no las vi y pude centrarme en mi próximo punto psicológico: el km 38. Al alejarnos del centro de la ciudad, allá por el kilómetro 29, había podido ver el cartel que marcaba éste kilómetro y comprobar que allí empezaba la bajada que nos llevaría de vuelta hasta el puerto donde el ambiente se volvería a animar y donde me esperaban mis fans para darme un último empujón anímico para afrontar los últimos 2 kilómetros.


Ya en la recta de meta
  Llegando a ese punto que me había marcado como clave para poder acabar la maratón me adelantó un corredor que iba consultando su gps y decidí preguntarle a que ritmo íbamos y respondió que a 5:45. Estaba yendo demasiado lento, pero decidí esperar a la bajada para intentar subir un poco (muy poco) la velocidad. Tras girar a la derecha apareció ante mi la larga cuesta y tuve claro que iba a ser capaz de cruzar la meta! Sólo faltaban 4 kilómetros para conseguirlo y, aunque hecho polvo, me volví a sentir animado. 

 Mi optimismo contrastaba con el de un corredor que, unos metros por delante, tropezó con un badén y tuvo que pararse para no caerse mientras repetía una y otra vez "NO, NO, NO!" Intenté darle ánimos al pasar a su lado aunque parece que no sirvió de mucho ya que un poco después volví la vista atrás y vi como seguía parado con las manos sobre las rodillas y la mirada clavada en el suelo. 

  Volví a concentrarme en lo mío mientras volvía a adentrarme en el puerto donde, como era de esperar, empezó nuevamente a haber público. Estaba deseando volver a ver "mis fans" y lo hice desde lejos ya que se hallaban al final de una larga recta, por lo que pude recorrer un buen tramo viendo como me animaban hasta que, al llegar a su altura, con una sonrisa (o lo más parecido a una que podía mostrar y que ya me acompañaría hasta la meta) y una mueca de cansancio, no acerté a decir mas que una palabra "Agonía!".

  Los últimos 2 kilómetros se me hicieron eternos, pero al mismo tiempo los disfruté como nunca lo había hecho en una carrera. Nuevamente volvíamos a ir y volver por el espigón y continuamente me cruzaba con corredores con los que había compartido muchos kilómetros y nos animábamos unos a otros. Vi a las liebres que ya tan sólo llevaban 2 corredores a rueda y comprobé que se habían alejado menos de lo que creía. Y tras recorrer el espigón de vuelta, entré en la recta de meta sólo, con mucho espacio por delante y por detrás para disfrutar del momento como si fuera el vencedor de la prueba. 

A punto de conseguir el objetivo
  Dejé atrás el cartel que marcaba el kilómetro 42 y vi nuevamente a mis aficionadas. Los tres sonreímos y apreté un poco el ritmo para dirigirme al arco de meta. Puse los brazo en alto y crucé la línea de meta mientras el speaker me felicitaba por la megafonía como si se tratara de un atleta de élite.

  Lo había conseguido! Había emulado a Filípides! 42195 metros recorridos en 3 horas 48 minutos y 49 segundos. No puedo describir la sensación de cansancio, dolor, orgullo, felicidad y muchas más cosas que sentí cuando me pusieron mi medalla de finisher, aunque creo que todos los que hayan corrido una maratón sabrán a lo que me refiero.

  Mientras recuperaba el aliento y comía y bebía algo, tuve ocasión de felicitar y ser felicitado por algunos de mis compañeros de aventura, desconocidos 4 horas antes, con los que compartí el momento como si fueran amigos de toda la vida y, sobre todo, pude localizar a uno de los "pacers" (que, por cierto, fue el único de todas las liebres que consiguió llevar el globo hasta la meta) y agradecerle el trabajo realizado. Me junté con los míos y me tenían que repetir, una y otra vez, que bajara la voz ya que, por lo visto, con el subidón que llevaba encima, más que hablar estaba gritando!

Con mi medalla, unos merecidísimos donuts y una sonrisa de oreja a oreja!
  De esta forma, tan sólo 19 días después de empezar el año, conseguí el primero de los tres retos atléticos que me he fijado para este 2014. Ahora me falta correr mi primera maratón de montaña y conseguir romper la barrera de la hora y media en la Behobia!

  Para terminar quería dejar una reflexión a la que llevo dando vueltas desde que crucé la meta: Todos somo iguales ante la maratón. Da igual que corras "a 3 el kilómetro" o a 6; que te llames Wilson Kipsang, Carles Castillejo o Iñaki Andonegui; no importa si te juegas el pasaporte olímpico, intentas mejorar tu marca o simplemente sueñas con cruzar la meta. Todos le dedicamos tiempo y esfuerzo, sacando tiempo y ganas de donde sea. Y, sobre todo, todos ganamos cuando conseguimos nuestro objetivo. Sinceramente, no creo que el orgullo y felicidad que sentí al cruzar la meta difiera mucho del que sienten los cracks del atletismo al conseguir sus retos.

  Así que, ya sabéis, animaos, entrenad y, algún día, corred una maratón. Todo el esfuerzo valdrá la pena!!!

Vídeos de la carrera:
-Salida (Aparezco a la derecha del todo, detrás de los globos amarillos)
-Kilómetro 19 (Al principio del vídeo en la parte trasera del grupo)
-Meta (A los 30 segundos de video)

2 comentarios:

  1. tu crónica es espectacular, en serio, hice la misma Maratón que tú, y me has hecho revivirla con tus buenos detalles del recorrido. Me encanta, super detallada, enhorabuena por la hazaña y la crónica.

    ResponderEliminar
  2. Muy buena crónica y enhorabuena por esta primera maratón!

    ResponderEliminar